Las calles de París, más que un sueño, ahora son un recuerdo de lo fue y de lo que pudo haber sido. Todo lo que pudimos haber vivido y sentido y que nunca podrá ser. Pero la vida es extraña, y a veces triste, como esta noche en la que todo me recuerda al color de tus ojos y a todas las escenas de esa película que se acabó de igual forma que tus besos.

Y la gente pasa, los carros, la música, el viento, el tiempo, y yo trato de encontrarte entre todo eso. París es muy grande, como mis ganas de volverte a ver y donde menos espero encontrarte te apareces, pero para mi siempre has sido así de impredecible. Vas con ella y no me importa, a ti tampoco y como dos niños jugando, nos escondemos. Sabemos que es tarde para todo esto, pero queremos seguir en este juego; yo no tengo nada que perder.

Pareciera que en la ciudad del amor todavía queda algo encendido y tu estás tan apuesto, y yo tan puesta. Busco las palabras necesarias y de repente, se vuelve a crear ese hueco de silencio entre nosotros dos, ese silencio tuyo que me encanta. Ese lapso en donde todo me lo dicen tus ojos. Podríamos escapar, podríamos hacer todas esas cosas que dijimos que haríamos.

Todos esos hasta luegos en un idioma que trataba de comprender me desesperaban creando un sentimiento efímero que tu solo calmabas pero todo acaba y solo quedan cenizas de aquél cigarro. Fuiste inspiración, transpiración; ¿Ahora quién inspirará a quién? ¿Quién acelerará a quién? Si aprendí algo de ti fue que los au revoirs son definitivos, como este. El último beso y te vas, no creo que haya algo más que decir.

Una canción de antes me suena diferente. Hicimos lo que toda persona tiene que hacer en esta vida y ahora más que nunca pienso que, como todo esto, el amor es algo extraño que embellece hasta el escrito más estúpido. Pero te estaré esperando, para cuando me quieras volver a cantar, si on s’eclipse ce soir on le sait tous les deux.