El sábado pasado un compañero de mi generación tuvo un accidente: según me dijeron, andaba con un grupo de amigos en un coche y el que manejaba no lo vió y arrancó. Se cayó y se pegó a tal grado de ser operado de un coágulo en el cerebro.

Pasó casi una semana en el hospital, sin reaccionar. Supuestamente, iba mejorando pero el sábado por la noche fue declarado su estado vegetativo a lo que se decidió desconectarlo. Y ahí termino a la corta edad de 16 años la vida de Lalo Moreno.

Era un buen tipo, le gustaban las fiestas y le tenían mucho aprecio. Nunca me llevé mucho con él pero me caía muy bien e iba en mi salón al principio del año escolar. Mucha gente lo quería y sus papás quedaron destrozados. Hace un año lo veía y lo saludaba al caminar en el pasillo de cuarto y el lunes lo vi inerte, frío dentro de una caja rodeado de ese eterno misterio que es la muerte.

Era muy jóven como para morir, le quedaba toda una vida por delante y se nos fue. Los más afectados fueron los del salón cuatro, donde Lalo iba. Todo para él terminó por una pendejada de adolescentes inmaduros. En una semana cumpliría diecisiete. Fuí a su funeral y a su misa. Estaba llenísimo de un montón de personas que querían mucho a Lalo.

Muchas veces me quedo pensando en qué habrá después de la vida pero para cuando lo sepamos, será ya muy tarde. La vida es muy corta.

Un día antes de su accidente andaba en Facebook y le mandé un friend request y un mail de parte de mi prima que era su amiga. Nunca me lo va a contestar.